Es una mañana plateada como cualquier otra. Estoy en mi escritorio. Entonces suena el teléfono o alguien golpea la puerta. Estoy sumergida en la maquinaria de mi ingenio. De mala gana, me levanto, atiendo el teléfono o abro la puerta. Y el pensamiento que tenía en mano, o casi en mano, se va.
El trabajo creativo necesita soledad. Necesita concentración, sin interrupciones. Necesita el cielo entero para volar y ningún ojo que mire hasta que llegue a la certeza a la que aspira, pero no necesariamente tiene de inmediato. Privacidad, entonces. Un lugar apartado, para ir de un lado a otro, morder lápices, garabatear y borrar y garabatear de nuevo.
Pero con la misma frecuencia, si no mayor, la interrupción no viene de un otro sino del propio yo, o algún otro yo dentro del yo, que silba y golpea la hoja de la puerta y se arroja, salpicando, al estanque de la meditación. ¿Y qué tiene para decir? Que tenés que llamar al dentista, que se terminó la mostaza, que el cumpleaños de tu tío Stanley es en dos semanas. Reaccionás, por supuesto. Luego volvés a tu trabajo, sólo para descubrir que los duendes de la idea huyeron de vuelta a la neblina.
Es esta la fuerza interna –este interruptor íntimo– cuyos rastros quisiera seguir. El mundo suelta, a la manera enérgica de un lugar abierto y comunal, sus varios saludos, como un mundo debe. ¿Qué problema puede haber con eso? Pero que el yo pueda interrumpir al yo –y que lo haga– es un tema más oscuro y curioso.
Yo misma soy tres, como mínimo. Para empezar, soy la niña que fui. Ciertamente, ya no soy esa niña. Sin embargo, a la distancia, y a veces no tan a la distancia, puedo escuchar la voz de esa niña, puedo sentir su esperanza o su angustia. No ha desaparecido. Poderosa, egotista, insinuante: su presencia se yergue desde la memoria o del río vaporoso de los sueños. No se ha ido, ni por asomo. Está conmigo en este momento. Estará conmigo en la tumba.
Y está el yo social, atento. Es la que sonríe y abre la puerta. Es la porción que da cuerda al reloj, la que navega la cotidianeidad de la vida, la que tiene presente los turnos que hay que concertar y luego concretar. Está encadenada a mil nociones de obligación. Se mueve por las horas del día como si el movimiento en sí fuera la tarea entera. Si recolecta al pasar alguna ramita de sabiduría o placer, o nada en absoluto, es un asunto que apenas le preocupa. Lo que este yo escucha día y noche, lo que ama por sobre todas las otras canciones, es el incesante avance del reloj, esas medidas estrictas y vivaces y llenas de certeza.
¡El reloj! ¡Esa calavera lunar de doce cifras, esa panza blanca de araña! ¡Qué serenas se mueven las manos con flechas filigranadas, y qué inalterables! ¡Doce horas y doce horas y volver a empezar! ¡Comer, hablar, dormir, cruzar una calle, lavar un plato! El reloj sigue avanzando. Sus perspectivas son todas tan amplias: son regulares. (Fijate en esa palabra.) Todos los días, doce tachitos en los que ordenar la vida desordenada y el pensamiento aún más desordenado. El reloj del pueblo chilla y la cara en cada muñeca zumba o brilla; el mundo sigue su propio ritmo. Está pasando otro día, un día regular y corriente. (Fijate en esa palabra también.)
Digamos que compraste un pasaje de avión con la intención de volar de Nueva York a San Francisco. ¿Qué pretendés del piloto cuando subís a bordo y ocupás tu asiento al lado de la ventanita, que no podés abrir pero a través de la cual ves las alturas vertiginosas a las que te elevas desde la tierra segura y amistosa?
Sin duda querés que el piloto sea el de siempre, regular y corriente. Querés que encare y realice su trabajo con apenas un placer calmo. No querés nada raro, nada nuevo. Pretendés que haga, rutinariamente, lo que sabe hacer: volar un avión. Esperás que no fantasee. Esperás que no se deje llevar por una divagación mental interesante. Querés que este vuelo sea corriente, no extraordinario. Así, también, con el cirujano, el conductor de ambulancia y el capitán de barco. Que todos ellos trabajen, como lo hacen corrientemente, en una confiada familiaridad con lo que sea que el trabajo requiera y nada más. Su normalidad es la seguridad del mundo. Su normalidad hace girar el mundo.
También yo vivo en este mundo corriente. Nací dentro de él. De hecho, la mayor parte de mi educación tuvo el propósito de hacerme sentir cómoda en él. Por qué esa iniciativa fracasó es una historia aparte. Estos fracasos suceden y luego, como todas las cosas, se vuelven beneficiosas para el mundo, ya que el mundo tiene necesidad de soñadores tanto como zapateros. (No es que sea tan simple, de hecho: ¿qué zapatero no se golpea ocasionalmente el pulgar cuando sus pensamientos, como diríamos, se “extravían”? Y cuando el viejo cuerpo animal clama por atención, ¿qué soñador no tiene que descender del fantaseo cada tanto e ir corriendo al mercado antes de que cierre, o pasar hambre sino?
Y esto también es cierto. En el trabajo creativo –trabajo creativo de todo tipo–, los que son los artistas activos del mundo no están tratando de ayudar a que el mundo gire, sino a que avance. Que es algo completamente distinto de lo corriente. Este trabajo no refuta lo corriente. Simplemente es otra cosa. Su labor requiere de una perspectiva diferente, un conjunto diferente de prioridades. Ciertamente hay en cada uno de nosotros un yo que no es un niño ni un sirviente de las horas. Es un tercer yo, ocasional en algunos, tirano en otros. Este yo está desencantado de lo corriente, está desencantado del tiempo. Tiene hambre de eternidad.
El trabajo intelectual a veces, el trabajo espiritual ciertamente, el trabajo artístico siempre: estas son fuerzas dentro de su alcance, fuerzas que deben viajar más allá del reino de la hora y la limitación del hábito. Tampoco se puede separar el trabajo en sí de la totalidad de la vida. Como los caballeros medievales, una persona con inclinaciones creativas no puede hacer más que prepararse, en cuerpo y espíritu, para el trabajo que le espera, ya que todas sus aventuras son ignotas. En verdad, el trabajo en sí mismo es la aventura. Y ningún artista puede encarar este trabajo, o querría hacerlo, con una energía y concentración menos que extraordinarias. El arte trata de lo extraordinario.
Tampoco es posible controlar o regular la maquinaria de la creatividad. Uno debe trabajar con las energías creativas, ya que no trabajar con ellas es trabajar en su contra; en el arte y en la vida espiritual no existen los lugares neutrales. Especialmente al principio hay una necesidad de disciplina tanto como de soledad y concentración. Una rutina de escritura es un buen consejo que darle a los escritores jóvenes, por ejemplo. Además, es suficiente con decirles eso. ¿Les contaría uno la verdad completa tan pronto, que hay que estar listo a toda hora y siempre, que las ideas en sus formas resplandecientes, a pesar de toda nuestra deliberada disciplina, van a venir cuando quieran y con la agitación veloz de sus alas: desordenada, imprudente, a veces tan inmanejable como la pasión?
Todavía nadie ha hecho una lista de los lugares donde puede ocurrir lo extraordinario y donde no. Sin embargo, hay indicios. En las multitudes, en salas de estar, entre facilidades y comodidades y placeres, es visto rara vez. Le gusta el aire libre. Le gusta la mente concentrada. Le gusta la soledad. Es más probable que se adhiera al que toma riesgos que al que compra boletos. No es que menosprecie las comodidades o las rutinas establecidas del mundo, sino que su interés apunta a otro sitio. Su interés es el límite y la creación de una forma a partir de la informidad que existe más allá del límite.
De esto no hay dudas: el trabajo creativo requiere una lealtad tan completa como la lealtad del agua a la fuerza de gravedad. La persona que avanza trabajosamente en la selva de la creación y no lo sabe –la que no lo asimila– está perdida. Quien no ansíe esa intemperie eternidad debería quedarse en casa. Una persona así es perfectamente valiosa, útil y hasta bella, pero no es artista. Una persona así haría mejor en vivir con ambiciones mundanas y trabajo cumplido para el brillo del momento. Una persona así haría mejor en ir y volar un avión.
Existe la idea de que la gente creativa es distraída, temeraria, despreocupada de las costumbres y obligaciones sociales. Esto es cierto, esperemos. Porque están en un mundo completamente distinto. Es un mundo donde gobierna el tercer yo. La pureza del arte tampoco es la inocencia de la infancia, si es que tal cosa existe. La vida en la niñez, con todas sus rabias y variaciones emocionales, no es sino pasto para el caballo alado: debe ser bien masticada por esos dientes salvajes. Hay diferencias irreconciliables entre reconocer y examinar las fabulaciones del propio pasado y disfrazarlas como si fueran figuras adultas, aptas para el arte, que no serán nunca. El artista laborioso, concentrado, es un adulto que rechaza la interrupción de sí mismo, que permanece absorto y energizado en y por su trabajo, y que es por eso responsable de ese trabajo.
En cualquier mañana o tarde, las interrupciones graves del trabajo, entonces, no son nunca las interrupciones inoportunas, alegres y hasta amorosas que nos vienen de otro. Las interrupciones graves vienen del ojo vigilante que nos dirigimos a nosotros mismos. ¡Ahí está el golpe que desvía la flecha de su objetivo! Ahí está el lastre que arrojamos sobre nuestras propias intenciones. ¡Ahí está la interrupción que hay que temer!
Son las seis de la mañana y estoy trabajando. Soy distraída, temeraria, despreocupada de obligaciones sociales, etc. Es lo que debe ser. Se pincha la cubierta, se cae el diente, habrá un centenar de comidas sin mostaza. El poema ha sido escrito. He luchado con el ángel y estoy sucia de luz y no tengo vergüenza. Tampoco tengo culpa. Mi responsabilidad no es hacia lo corriente o lo mundano. No incluye a la mostaza ni a los dientes. No se extiende al botón perdido ni a los porotos en la olla. Mi lealtad es a mi visión interna, cuando sea y como sea que llegue. Si tengo una reunión con vos a las tres, alegrate si llego tarde. Alegrate todavía más si no llego nunca.
No hay otra manera en la que el trabajo de valor artístico pueda hacerse. Y el triunfo ocasional, para quien se ha esforzado, lo vale todo. Las personas con más remordimientos del mundo son aquellas que sintieron el llamado del trabajo creativo, que sintieron su propio poder creativo inquietarse y rebelarse, y no le dedicaron energía ni tiempo.
Mary Oliver, 1995
Traducido del inglés por Rita Gonzalez Hesaynes



"los artistas activos del mundo no están tratando de ayudar a que el mundo gire, sino a que avance" Hermoso. Sintetiza muy bien una verdad que muchos no comprenden...
Gracias por el aporte!
Sin embargo, tener todo ese tiempo para escribir es un privilegio. Si se tiene lleno el refrigerador es más fácil desatender los problemas del dinero y concentrarse en la obra. Por eso los artistas deben politizarse, para luchar para que todas las personas tengan el derecho a la creatividad.