Basta retroceder una generación para toparnos con una juventud idealista que creía posible ir atrás de sus sueños. Aún lejos de ser la edad de oro que pretende la nostalgia cool, se ve como una época amable e ingenua al lado de estos tiempos más difíciles, marcados por un paradigma pretendidamente racional que enseguida se revela como un regreso al tradicionalismo y los prejuicios de siempre, sumado a la fiebre por el éxito, el dinero y el status. Los cambios vienen siendo rápidos y sin anestesia, pero si hay algo que está en boca de (casi) todos, es la alteración de los vínculos amorosos.
Cada vez más, ya no sólo el matrimonio, sino cualquier relación de pareja, independientemente de su formalidad, se piensa en términos transaccionales. Debe establecerse con claridad el rol de cada uno: lo que da y lo que recibe. Y qué más fácil que volcarse al modelo patriarcal, un viejo conocido, que pareció debilitarse en las últimas décadas, pero ha regresado de la mano de una juventud neoconservadora y aquellos millennials decepcionados de que la liberalización de los lazos sexoafectivos no engendrara necesariamente la felicidad.
Los modos de relación más modernos, apoyados por las diversas corrientes feministas, queer y no-monogámicas, nunca garantizaron soluciones automáticas a las dificultades para relacionarse. Todo lo contrario. Exigen un grado enorme de autoconsciencia y transformación interna, lo que significa trabajo, contratiempos y un estado mental que acompañe el proceso. Pocos leyeron la letra chica. Los fracasos individuales llevaron a muchos a pensar que estos modelos vinculares eran un engaño. Y que, por contraste, sólo lo viejo funciona.
A simple vista, el tradicionalismo no requiere tanto esfuerzo. Propone un orden binario en el que el varón debe liderar y proveer, mientras que la mujer debe ser maternal y dócil. A grandes rasgos, el viejo intercambio de sexo y cuidados por dinero y protección. Parece sencillo. Pero quienes lo intenten deberán afrontar la dura realidad de que casi nadie podrá cumplir el rol que le ha sido asignado.
Las mujeres, fortalecidas por la reducción de las brechas de género de las últimas décadas, a lo sumo podrán ofrecer una performance o apariencia de docilidad, sosteniéndola de manera artificial a costa de autonomía y autenticidad. Al mismo tiempo, los varones no serán capaces de convertirse en proveedores sólidos en un sistema económico donde la creciente desigualdad de ingresos requiere que casi toda la población en edad de trabajar tenga uno o más empleos que permitan sobrevivir. Los roles así definidos se convierten en puro role-play, ejercido solamente en el plano simbólico.
Así, el varón que se ve compelido a cortejar a una mujer costeando todo y ofreciendo regalos, y la mujer que presenta una apariencia hiperfemenina y el deseo de una vida principalmente hogareña, rápidamente se topan con la frustración de que casi nada es lo que parece. No son vidas factibles para las mayorías. Es apenas un sueño, desigual y violento, pero sueño al fin. Y como si fuera poco, un sueño sospechosamente útil para regular el comportamiento y mantener a cada uno en su sitio. Al mismo tiempo, la frustración acumulada conduce a desconfiar de los demás, retirarse del “mercado de citas” y, finalmente, sumergirse en una vida más solitaria signada por el consumo constante de productos y experiencias digitales que prometen compañía y dopamina fácil (desde chatbots terapéuticos hasta lifestyle influencers), en un intento de llenar los vacíos abiertos en el tejido social y afectivo de la actualidad.
Buena parte del contenido estrella de las redes sociales actuales se reduce a un sinnúmero de reels que reavivan el concepto vetusto de batalla de los sexos, detallando los defectos de los hombres o explicando cómo ser una mujer deseable, es decir, sentando un manual de cómo vincularse con el otro género mientras se ofrecen diagnósticos sobre las crisis culturales de la época, como la “epidemia de soledad masculina”. Su éxito deriva de las carencias afectivas del presente y la ausencia de un mapa eficaz para navegarlas. Pero los mapas antiguos que se venden como si fueran nuevos no sirven para atravesar el territorio amoroso de la actualidad. Sólo ofrecen un catálogo de monstruos y un manual de supersticiones para esquivarlos. Supersticiones inútiles, ya que los monstruos fueron engendrados por este mismo paradigma en pos de vender más mapas.
El neotradicionalismo no tardará en revelar su incapacidad para sortear las dificultades vinculares de una sociedad atomizada y abandonada a su suerte. Sus soluciones aparentes dependen de distancias insalvables entre los géneros, roles rígidos que ni la economía ni la realidad afectiva permiten sostener. Aunque la ilusión se desvanezca, estas distancias dejarán un lastre para las generaciones siguientes, que deberán sacar la basura, limpiar el desastre y elaborar patrones de relación que se acomoden mejor a su época y sus necesidades.
Quizá la tarea pendiente sea aprender a desarrollar vínculos que no dependan de fórmulas artificiales, sino de una cooperación y negociación auténtica entre personas, no como deberíamos ser, sino como efectivamente somos, más allá de roles de género y otras categorías aparatosas.
Y aún partiendo de esa honestidad, tratar siempre de mejorar y vincularnos mejor. Que el crecimiento deje de ser una carrera individual o un requisito para resultar deseable, y pase a ser un proceso compartido: crecer con el otro, gracias al otro, en beneficio de todos.


